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Homenaje a la Mejor Mujer: Mi Madre

  • Foto del escritor: Jayson Omar Matos Rivera
    Jayson Omar Matos Rivera
  • 18 may
  • 4 min de lectura

Por: Jayson Omar Matos Rivera Presidente Ejecutivo y Fundador

Editorial Especial: Homenaje a la Mejor Mujer: Mi Madre


Muy buenas a todos los emprendedores, comerciantes y fieles lectores de nuestra plataforma. Espero que se encuentren muy bien.


Hoy comparto con ustedes un artículo sumamente especial y profundamente personal. Sé que nos comunicamos a una hora inusual, pero debido a las intensas responsabilidades de mi trabajo y a los constantes compromisos de la compañía que muchos de ustedes ya conocen, es ahora cuando encuentro el silencio necesario para escribir. Hoy lo hago con el corazón completamente abierto, dispuesto a plasmar la pureza de cada palabra expuesta en este reportaje especial.

Quiero comenzar dirigiendo una pregunta directa a la conciencia de mi audiencia:

¿Quién de ustedes no valora a la mujer que lo trajo a este mundo?


En el orden primordial de la existencia, el peldaño del valor supremo debería pertenecer indiscutiblemente, en primer lugar, a Dios, y de inmediato, a una madre. Este debería ser el proceso de selección de valor natural y espiritual en la vida de cualquier ser humano.


La Conexión Más Profunda de la Existencia

Pero, ¿por qué una madre merece ocupar ese altar en nuestra vida? La respuesta radica en la conexión más profunda que se pueda experimentar en este plano terrenal. Esa alianza sagrada comienza mucho antes de nuestro primer suspiro; inicia en el instante mismo en que nuestras células empiezan a formarse y a desarrollarse en su interior.


A lo largo de esos nueve meses de gestación, el hijo permanece adherido a cada emoción, a cada latido y a cada sentimiento que ese ser siente y padese. Su alimento se vuelve el nuestro, su oxígeno es el nuestro. Es una conexión tan mística y biológica que, al adquirir la madurez suficiente, resulta imposible no conmoverse al pensar en cómo esos primeros días marcaron nuestra existencia, y en los innumerables obstáculos que una madre tuvo que enfrentar para darnos el regalo de la vida.

Traer un hijo al mundo es una de las batallas más monumentales que un ser humano puede librar. Una madre atraviesa transformaciones hormonales drásticas que alteran su estado físico y emocional; se adapta con amor a los cambios de su propio cuerpo y posterga su bienestar para asegurar el nuestro, lidiando en silencio con temores profundos que solo una mujer en estado de gestación logra comprender. ¿Cómo, entonces, no valorar a quien arriesgó su propia vida en una batalla física y emocional por nosotros, con el único anhelo y temor de que naciéramos saludables?

La maternidad es un estado de constante y eterno desvelo. Si analizamos la psicología de la mujer, esa preocupación nace mucho antes de concebir. Desde la niñez, a través de los juegos y la inocencia, se siembra la semilla de la protección. Una futura madre crece cuestionándose si tendrá la capacidad de guiar con bien a sus hijos, si sabrá criarlos como personas de provecho y, en esencia, gran parte de su identidad se edifica sobre la base del bienestar de ese niño que algún día acunará en sus brazos.


La Ingratitud Filial: Una Realidad Desalentadora

Lamentablemente, la realidad actual nos golpea el rostro con un panorama desalentador. Existen hijos e hijas que no valoran ese sacrificio; que lastiman, maltratan e insultan a sus madres. Desde una perspectiva estrictamente humanista, quien actúa de esa manera desciende de su condición humana. Incluso en el reino animal observamos un respeto instintivo y sagrado de la cría hacia su madre. La ingratitud filial es una de las mayores bajezas del carácter social contemporáneo.

Escribo estas líneas no solo desde la óptica de un comunicador, sino desde el dolor más profundo del alma. En la época de la pandemia del COVID-19, hace aproximadamente entre dos a tres años, perdí a mi madre. En el instante exacto en que ella partió, experimenté una desconexión física y espiritual devastadora; fue como si una parte vital de mi propio ser hubiera fallecido junto con ella. Es una herida abierta que me acompaña día a día, y que altera mis emociones de manera inevitable al observar el comportamiento de otros hijos.


Este sentimiento me genera una profunda dualidad. Siento una inmensa alegría y consuelo cuando veo a familias unidas que aún gozan del privilegio de tener a su madre viva, abrazándola y honrándola. Sin embargo, también confieso que se apodera de mí un rechazo absoluto —un sentimiento de indignación tan puro y denso que transforma mi propio entorno— al presenciar el escenario contrario.

Hoy en día es dolorosamente común ver en espacios públicos, actividades o reuniones familiares a hijos e hijas faltándole el respeto a sus madres, lanzando palabras soeces, crudas y humillantes que descolocarían a cualquiera. Presenciar ese maltrato hacia el ser que les dio la vida, mientras yo daría la mía propia por volver a escuchar la voz de la mía, provoca en mi interior un conflicto monumental. Es un estado de indignación tan severo que me obliga a retirarme rápidamente del lugar para evitar una confrontación directa, pues la falta de respeto a un padre es algo que mi código ético no puede tolerar.


Imaginen por un segundo el impacto emocional: saber que tu madre ya no está, recordar que fue el ser humano más importante de tu vida, y luego asistir a un evento para ver cómo alguien que tiene la bendición de tener a la suya viva la trata con desprecio. Es simplemente incomprensible.


Un Llamado Urgente a la Rectitud

A través de este reportaje especial en Emprenderismo 360, levanto mi voz para rendir el más alto homenaje a las madres, pero sobre todo, para hacer un llamado urgente a la rectitud.


Valoren, respeten, cuiden y honren a la mujer más importante de sus vidas mientras Dios les permita tenerla a su lado. No esperen a la ausencia para comprender el valor de su presencia.


¡Hasta la próxima edición!

 
 
 

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